Nota editorial
Erótica y pornografía no son la misma cosa (aunque el algoritmo las trate igual)
Erótica y pornografía comparten escenario, pero no objetivo. Por qué esa diferencia importa más de lo que parece, incluso para quien solo busca calentarse un rato.
Me hacen esta pregunta más de lo que esperaría, normalmente disfrazada de otra cosa: «entonces esto es como el porno, pero con más palabras, ¿no?» No exactamente, aunque entiendo la confusión — a primera vista comparten escenario, cuerpos, actos, y vocabulario que en cualquier otro contexto haría saltar el filtro de contenido de cualquier plataforma con dos dedos de frente.
La diferencia no está en lo explícito. Se puede ser tan gráfico en un relato de erótica literaria como en cualquier otro formato, sin ningún eufemismo tipo «su intimidad» de por medio. Está en para qué existe la escena.
La pornografía, como industria y como formato, tiene un objetivo clarísimo, y no hay nada de malo en eso: excitar de la forma más directa y eficiente posible. Cuanta menos fricción entre el deseo del espectador y la satisfacción de ese deseo, mejor funciona el producto. No necesita que el personaje tenga pasado, ni que le quede algo después, ni que decidir participar le cueste nada — el personaje, de hecho, agradece bastante no tener que cargar con un trasfondo emocional mientras hace lo que hace.
La erótica que a mí me interesa escribir funciona con otra lógica por completo, y aquí es donde algún lector se me queja de que «tardo demasiado en llegar a la escena». Sí, tardo, culpable. Necesito que antes de que pase nada, quede claro qué le cuesta a esa persona decidir que va a pasar. Quitar ese coste deja algo que técnicamente sigue siendo excitante, pero se parece más a una coreografía bien ensayada que a otra cosa.
Ahí hay un matiz que casi nadie nombra: esto no va de calidad, va de objetivo. Un vídeo porno de veinte minutos que cumple su función ha tenido un éxito rotundo en sus propios términos, y quien lo haya visto entero sin distraerse con el móvil puede dar fe. Un relato mío de veinte páginas que solo excita, sin dejar nada más, ha fracasado en los suyos. Métricas distintas, target distinto, y ninguna es superior a la otra por definición, aunque el algoritmo de turno insista en meterlas en la misma carpeta con la misma alegría con la que confunde una crema facial con un tratamiento médico.
Lo curioso, y esto sigue sorprendiéndome un poco, es que Amazon —que sabe bastante de categorizar contenido, para lo bueno y para lo malo— distingue esto mejor que muchos lectores. Existe un filtro que aplica a los libros que considera puramente de contenido adulto: quedan invisibles en la búsqueda normal, y solo aparecen si el comprador activa manualmente el filtro de «adulto» — el apodo que le da la comunidad de autores, medio en broma, es «la mazmorra». Mi libro busca quedarse fuera de ahí, en la ficción literaria seria, sencillamente porque es donde vive lo que estoy intentando hacer.