Nota editorial
Por qué «rojo» y no otra palabra
Por qué elegí "rojo" como palabra de seguridad para los diez relatos del libro, y qué tiene ese color que ninguna otra palabra tenía.
Cada relato de este libro necesitaba una palabra de seguridad, en eso no había mucho que decidir. Lo que sí me costó, y bastante más de lo que esperaba, fue elegir cuál. Probé varias antes de quedarme con esta. La mayoría las descarté por la misma razón, sonaban a procedimiento, a protocolo, no a algo que dos personas que se conocen bien podrían decirse de verdad en mitad de la noche.
Las palabras que descarté antes
“Stop” funciona en inglés porque es corto y no deja lugar a dudas. En español, dicho así, suena a manual traducido. Probé “basta” un tiempo y tampoco terminó de convencerme: se parece demasiado a una frase que se puede decir sin querer decir eso, en cualquier discusión tonta de pareja. Necesitaba algo que no se pudiera confundir con nada de la vida normal.
Por qué rojo no se confunde con nada
Rojo casi no se usa solo en español. Decimos “el coche rojo”, “el vestido rojo”, pero es raro que alguien diga solo “rojo” y se quede ahí, sin nada detrás. Esa rareza, que al principio me parecía un problema, terminó siendo justo lo que la hacía funcionar. Cuando alguien la suelta fuera de contexto, se nota enseguida. No hay forma de que pase desapercibida.
El color que ya significaba lo que necesitaba
Aunque tampoco la elegí solo por eso. Ya significaba algo antes de que yo la usara para esto. Es la sangre, es la alarma, es el semáforo que entiende cualquiera sin pensarlo dos veces. El cuerpo la reconoce antes que la cabeza — nadie necesita que le expliquen por qué frena ante una luz roja, simplemente frena. Y eso es exactamente lo que le pido a esta palabra: que funcione en el peor momento posible, cuando a alguien no le queda margen para pensar mucho antes de decirla.
Hay algo más que no sé si es del todo cómodo de admitir, pero ahí va. Rojo es también el color que sube a la piel con el deseo, con la vergüenza cuando llega demasiado rápido. Es, de alguna forma, el color de casi todo lo que ocurre en estas páginas antes de que nadie diga la palabra en voz alta. Usarla como límite me interesaba justamente por esa doble cara suya: la misma palabra que nombra lo que está pasando es la que lo detiene si hace falta pararlo.
No fue de las decisiones que tomé rápido. Y tampoco es la única señal de este tipo que aparece en el libro — hay pactos más silenciosos, gestos que funcionan igual sin necesitar palabra. Pero esta es la que vertebra el conjunto, la que va y viene por la mayoría de los diez relatos, aunque no siempre del mismo modo ni con el mismo peso. En el coste psicológico del deseo también hay decisiones que siguen trabajando mucho después de la escena.
Si alguna vez alguien me pregunta por qué el libro se titula Decir rojo, la respuesta corta es más o menos esta nota. La larga, esa solo se entiende leyéndolo.
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