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Néstor N. Val

Nota editorial

agosto 21, 2026

Cómo se escribe erótica literaria (o al menos, cómo la escribo yo)

Cómo escribir erótica literaria desde una poética de deseo, poder, consentimiento y consecuencias: el pseudónimo, las reglas y lo que queda después.

No sé si le interesa a alguien más que a mí, pero me lo preguntan bastante: cómo se escribe erótica literaria y por qué firmo con un nombre que no es el mío.

El pseudónimo como condición de escritura

Empiezo por lo segundo porque es más rápido de contestar. Néstor N. Val no existe fuera de estos textos, y eso es una decisión, no un accidente. Escribir sobre deseo, poder y las cosas que los personajes adultos hacen cuando nadie más está mirando exige un tipo de honestidad que se vuelve mucho más difícil si detrás hay una cara reconocible, un trabajo de día, una familia que googlea tu nombre por curiosidad.

El pseudónimo literario no es un disfraz para esconder algo vergonzoso. Es una condición de trabajo. Sin él escribiría con freno de mano puesto, y se notaría en cada página.

La pregunta psicológica antes de la escena

Lo primero —cómo se escribe— es más largo de contestar bien.

Cada relato empieza igual, aunque no lo parezca desde fuera: con una pregunta psicológica, no con una escena. Antes de saber qué va a pasar entre dos personajes adultos, necesito saber qué le va a costar a uno de ellos participar en lo que va a pasar. Si no hay coste, no hay relato. Puede haber sexo, puede haber tensión, pero no hay nada que sostenga cien páginas o mil palabras de verdad.

Esa pregunta suele tardar más en aparecer de lo que me gustaría admitir. A veces tengo un relato entero escrito y descubro, releyendo, que en realidad no sabía todavía qué estaba contando.

Después viene algo que suena más aburrido de lo que es: la regla. Todos mis relatos tienen un pacto explícito en algún punto, algo que los personajes deciden entre ellos antes de que ocurra nada. No es un capricho estructural. Es lo que separa el deseo de la casualidad.

Si algo pasa porque sí, sin que nadie lo haya elegido, no me interesa como escritor. Si pasa porque alguien puso una condición y el otro la aceptó —o la puso a prueba, o la rompió a medias—, ahí hay algo que contar.

Qué debe quedar después del deseo

La parte que más tiempo me lleva, sin comparación, es lo que pasa después de la escena. Cualquiera puede escribir un clímax. Lo difícil es lo que queda diez minutos después, cuando el cuerpo ya se calmó y lo que empieza a hablar es la cabeza.

Ahí es donde se decide si un relato es bueno o solo es intenso. Reviso esa parte más veces que cualquier otra, normalmente porque la primera versión siempre suena a disculpa o a moraleja, y ninguna de las dos cosas tiene sitio aquí. A veces esa revisión empieza por una sola frase que se niega a irse — así nació, por ejemplo, la idea que desarrollo en ver no es lo mismo que mirar.

No tengo un método bonito que enseñar. Escribo despacio, reescribo mucho, y desconfío bastante de la primera versión de cualquier escena que me haya salido con demasiada facilidad: si fue fácil, seguramente ya la había leído en otro sitio, aunque fuera sin darme cuenta.

Lo que sí tengo es una regla fija que aplico a todo lo que firma este nombre: si al final del relato el personaje queda exactamente igual que al principio, algo ha fallado. Tiene que quedarle algo. Una pregunta, una grieta, una certeza incómoda sobre sí mismo. Si no, para qué.

Una prueba breve

Si quieres volver a la definición de esta poética, puedes leer Qué es la erótica literaria.

Si quieres comprobar cómo funciona esta poética en un relato completo, puedes leer gratis Desde sus ojos, una historia de ficción adulta construida alrededor de la mirada, el pacto, el poder y sus consecuencias.

Leer Desde sus ojos

Si quieres seguir leyendo: por qué elegí una palabra de seguridad.