Nota editorial
El consentimiento no es lo contrario del morbo (es lo que lo sostiene)
El consentimiento en ficción erótica no es un trámite legal disfrazado de diálogo. Por qué, bien escrito, es la parte más excitante de la escena, no la menos.
Hay una queja que veo repetida en foros de lectoras de BDSM, y la entiendo perfectamente: el momento en que dos personajes negocian condiciones antes de la escena suena, muchas veces, a que alguien ha metido un contrato de alquiler en mitad de una novela. Diálogo aséptico, casi notarial. «¿Estás de acuerdo con X?» «Sí, acepto X.» Cero tensión, puro trámite para que el autor pueda dormir tranquilo sabiendo que ha «cubierto» el consentimiento, como quien rellena una casilla de cookies antes de entrar a una web.
El fallo no es incluirlo. Es tratarlo como un formulario en vez de como una escena.
Por qué suena a formulario (y cómo dejar de escribirlo así)
El consentimiento, escrito bien, no interrumpe el morbo. Es la fuente del morbo. Cuando alguien pone en palabras exactamente lo que quiere que le hagan, o lo que está dispuesto a probar sin saber todavía si le va a gustar, ese momento de decir la fantasía en voz alta, delante de otra persona, suele ser más vulnerable que cualquier cosa que ocurra después. Hay más desnudez en admitir un deseo concreto que en cualquier escena de cama que le siga, por explícita que sea.
Lo que hace que suene a trámite legal, casi siempre, es la falta de riesgo emocional en cómo está escrito. Un personaje que pide algo sin que le tiemble nada por dentro, sin miedo a que el otro se ría o se asuste, no está negociando: está leyendo una checklist con la misma pasión con la que se aceptan los términos y condiciones de una app. El consentimiento se vuelve interesante justo cuando cuesta pedirlo, cuando hay algo en juego en el simple hecho de decirlo en voz alta. Esa misma vergüenza al pedir es la que exploro en no era valor lo que faltaba.
El coste de pedir lo que de verdad se quiere
Luego está la parte que casi nadie escribe bien: no es un evento único al principio de la historia. Se puede revisar, ajustar o retirar en cualquier momento, y esa capacidad de frenar sostiene la tensión durante toda la escena, no solo antes de que empiece. Un personaje puede decir que sí a algo y, tres páginas después, decidir que ya no. Bien manejado, ese cambio no rompe la escena. La hace más real de lo que sería si todo saliera exactamente según lo pactado desde el minuto uno, como una coreografía que nadie se atreve a interrumpir. Es la misma lógica detrás de por qué «rojo» y no otra palabra: un límite que se puede invocar en cualquier momento, no solo negociar al principio.
El consentimiento no termina cuando empieza la escena
Confieso que tardé en entender esto, porque llegué con la idea de que negociar límites era, por definición, poco sexy, un peaje que había que pagar rápido antes de llegar a «lo bueno». Llevo un tiempo escribiendo con la idea contraria en la cabeza, y de momento me está funcionando.
Si quieres ver esta idea aplicada en algo corto y gratuito, Desde sus ojos trabaja exactamente esta tensión entre pedir y ser visto.