Nota editorial
No era valor lo que me faltaba
Una reflexión sobre vergüenza, deseo y por qué a veces lo que falta no es atrevimiento, sino alguien delante de quien dejar de fingir.
Hay una frase de uno de los relatos que se me quedó pegada mientras la escribía, y ahí sigue, meses después: quizá lo que me había faltado todo ese tiempo no era valor para desnudarme, sino alguien delante de quien no pudiera fingir que no quería ser visto.
La escribí para un personaje concreto, en una escena concreta. Se me fue de las manos casi enseguida, la verdad. Empezó a explicarme cosas que no tenían mucho que ver con esa escena en particular.
La vergüenza como obstáculo (mal planteado)
Solemos hablar de la vergüenza como si fuera un obstáculo, algo que hay que vencer o quitarse de encima antes de llegar a la parte buena. Valor, coraje, atrevimiento —todo ese vocabulario que usamos para el deseo suena a gimnasio, a esfuerzo, a barrera que hay que saltar de un salto. Llevo tiempo pensando que ese marco está mal planteado. Al menos para lo que a mí me interesa escribir.
Porque la vergüenza casi nunca desaparece por valentía. Conozco poca gente valiente que haya dejado de darle vueltas a lo que otros pueden pensar de su deseo. Lo que sí he visto, lo que intento meter en estos relatos una y otra vez, es que la vergüenza cambia de forma cuando aparece la persona correcta. No se va. Se convierte en otra cosa que pesa distinto.
Lo que cambia cuando aparece la persona correcta
Ahí está el asunto, creo. El personaje no se vuelve valiente de golpe, ni de a poco. Encuentra a alguien delante de quien fingir deja de tener sentido, sin más, y eso es bastante más raro que el valor. El valor se puede fabricar, apretar los dientes y hacerlo igual. Esto no. O está, o no está, y no hay atajo.
Personajes derrotados, no armados
Por eso casi todos mis personajes llegan a la escena central ya derrotados por dentro. Sin coraza. Con la vergüenza funcionando a pleno rendimiento, y es justo en ese estado, sin defensas, donde el deseo empieza a interesarme de verdad como escritor. Un personaje sin miedo no me da nada. Uno con miedo que decide seguir de todas formas, ese sí me sirve. Ahí aparece el coste psicológico del deseo que sostiene estos relatos.
Lo raro, lo que casi nunca se dice en voz alta, es que ser visto de verdad a veces asusta más que cualquier cosa física que vaya a pasar después. Se puede hacer casi cualquier cosa con los ojos cerrados. Lo difícil es hacerlo sabiendo que alguien está mirando en serio, registrando cada segundo sin la cortesía de apartar la vista.
Es lo que más me interesa poner sobre el papel, al final. Alguien que se queda mirando de todas formas. No porque no vea la vergüenza del otro. La ve perfectamente. Se queda de todos modos, y ese quedarse es la parte que a mí me importa.
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